INGENIERÍA ROMANA

INGENIERIA ROMANA:

bibliografía:
- “Los ingenieros romanos” de L.A. Hamey y J.A. Hamey.
- http://fluidos.eia.edu.co/hidraulica/articuloses/historia/roma/

En la sociedad actual una profesión determinada: ingeniero, arquitecto, soldado, albañil, etc. está subdivida en una serie de especialidades que se estudian como carreras aparte. Los ingenieros, por ejemplo, pueden ser ingenieros de caminos, de electricidad, de mecánica o de muchas otras especialidades, cada una de las cuales forma una profesión diferente.
Pero en la antigüedad las cosas eran diferentes, por aquel entonces los ingenieros se encargaban de todo. Estos hombres, con su experiencia y con la ayuda de la maestría de los artesanos, tenían que proporcionar la información que hoy en día se incorpora a los planos detallados que se realizan antes de iniciar cualquier proyecto.
La distinción entre lo civil y lo militar no existía en la primera época de Roma, durante la república, y cuando estallaba la guerra, los campesinos se convertían en soldados, y entre estos se podía encontrar artesanos y expertos en construcción y hacia principios del siglo II a.C. el ejército romano ya dispuso de topógrafos e ingenieros militares, y contaba con un cuerpo de artesanos especializados, los llamados fabri , que trabajaban bajo las órdenes del praefectus fabrum. Las legiones de Mario ( en el 100 aC.) ya se encargaban de abrir vías entre Italia y la Galia o en mejorar las existentes en territorio romano.
Los proyectos en estos tiempos ( siglos III – I aC.) surgían del Senado, que nombraba a ex magistrados o a magistrados en funciones para realizar estos proyectos especiales ya fueran carreteras, puentes, edificios o acueductos y el proyecto de construcción podía ponerse en manos de una comisión senatorial, o de un hombre en particular, generalmente los ediles, magistrados electos de rango inferior, que eran responsables del mantenimiento de las obras públicas.
A finales de la República, se habían llevado a cabo tantas obras públicas que la responsabilidad había dejado de recaer en los magistrados tradicionales para pasar a manos de hombres que desempeñaban cargos creados especialmente para ello. Entre estos nuevos cargos se encontraban el Curator Aquarum (responsable de los suministros de agua) y el Curatur Viarum (responsable de las calzadas).
Luego, bajo el Imperio, se empezó a emplear un sistema muy diferente pero, en definitiva, durante toda la historia republicana e imperial de Roma, los ingenieros profesionales no eran más que consejeros y los proyectos los dirigía un político o un administrador.

Términos en construcción:
CHOROBATE: Instrumento especial utilizado por los romanos para medir los diferentes niveles de un terreno.
DOVELA :Pieza en forma de cuña que, unida a otras, forma el intradós de un arco.
ARGAMASA : Mezcla de arena, cal y agua, o también de puzolana, cal y agua, que se utliza para cementar.
MORTERO : Mezcla de cal, arena y agua.
OPUS: En arquitectura se entiende como aparejo. Se utiliza generalmente para designar las múltiples maneras que tenían los romanos de colocar las piedras en sus muros.
OPUS QUADRATUM : Conseguido con paralelepípedos de piedra colocados regularmente.
OPUS INCERTUM : Formado por pequeñas piedras irregulares
INTRADÓS : Superficie interior de un arco.
CIMBRA : Armazón de madera que permite sostener un arco hasta que éste pueda sostenerse por sí mismo.

LOS MATERIALES:
Los romanos empleaban principalmente los siguientes materiales para la construcción de la mayoría de sus obras:

LA PIEDRA:

Era el material de construcción más importante de los romanos, y realmente es increíble las cosas que lograron hacer simplemente con piedra, sin añadir ningún otro material a partir de la entrada en Roma de una gran cantidad de artesanos etruscos que trajeron consigo los conocimientos de ingeniería de su pueblo. Con ella pusieron cimientos, construyeron cloacas, canales, murallas, puentes y bóvedas, y crearon toda una red de calzadas. Todo esto nos da una idea del cuidado y la habilidad con que tallaban las piedras.
Los canteros romanos aprendieron, además, que la piedra resiste mejor a los elementos si se coloca en un edificio en la misma posición en que estaba en la cantera y que las uniones de los bloques encajaban mejor si iban menguando ligeramente ambos lados desde el exterior hacia el interior. Otra técnica muy ingeniosa, la llamada anathyrosis , consistía en vaciar un poco las caras laterales de cada bloque, de forma que el centro quedara ligeramente hundido y se tocaran los cuatro bordes. A su vez, los bordes de la cara frontal se pulían con un cincel para que el cantero pudiera medir cada esquina y asegurarse de que el bloque se había tallado correctamente. En cuanto al resto de la cara frontal, se dejaba sin pulir, ya que no tenía que apoyarse contra ninguna otra piedra. Aunque todas estas nuevas técnicas contribuyeron a mejorar el aspecto del edificio terminado, su función principal era crear una estructura más fuerte y evitar que se filtrara el agua por entre las piedras.
Los canteros también habían tenido que ingeniárselas para poder transportar sus bloques al pie de la obra, y para ello tuvieron que utilizar tanto la fuerza humana como la animal. Para subir las piedras tenían diferentes recursos, el más importante de los cuales eran las grúas. También llaman la atención las distintas maneras que empleaban para sujetar los bloques de piedra:
A) Dejando dos pequeños apéndices en los lados del bloque, lo que permitía sujetarlo con una cuerda.
B) Haciendo dos incisiones en forma de u en los lados, por donde pasaban dos cuerdas.
C) Perforando el bloque de piedra con dos canales curvos interiores, por donde se introducían las cuerdas.
D) Con una argolla que, mediante un pasador, se sujetaba a tres pequeños clavos-argolla enterrados en el bloque.


LA ARGAMASA:

La argamasa empezó a utilizarse por primera vez en las uniones de las piedras en el siglo III - II aC. Aquella primera argamasa era bastante débil, y no se usaba más que para extender una capa finita entre los bloques, que seguían tallándose con toda perfección. No obstante, una vez que los romanos descubrieron la manera de hacer argamasa más resistente, las piedras dejaron de tallarse con tanto cuidado, pues ahora, gracias a la nueva argamasa, una serie de piedras pequeñas podían resultar tan fuertes como un bloque grande.
El material que proporcionó a los romanos su gran reputación como fabricantes de argamasa fue el llamado pozzolana . Ellos creían que se trataba de un tipo especial de arena, pero en realidad se trata de ceniza procedente de las erupciones volcánicas de la prehistoria. La argamasa era más fuerte cuanto más cerca se encontraba la pozzolana del antiguo volcán y la zona del Vesubio fue la más utilizada, ya que las cenizas que el viento se llevaba hasta grandes distancias, tendían a mezclarse con el suelo de la región donde se depositaban, y eso afectaba a la fuerza de la argamasa ya terminada. La pozzolana toma su nombre de la ciudad italiana de Pozzuoli, que en época romana se llamaba Puteoli (cerca del Vesubio en Campania), de donde procede su nombre latino: pulvis Puteolanus .

La tumba de Trebio Justo, en la Via Latina, a las afueras de Roma: es una pintura mural que muestra a los constructores romanos trabajando en una pared de ladrillos. Al hombre que pone los ladrillos le están ayudando un peón albañil y un obrero que está mezclando la argamasa

Sin embargo, a los romanos les llevó bastante tiempo descubrir que podían encontrar pozzolana en muchos otros lugares más cercanos que Puteoli. La argamasa romana utilizaba la pozzolana igual que en la nuestra se utiliza hoy día la arena: normalmente la fórmula era de dos o tres partes de pozzolana por cada una de cal.
Los constructores hacían la cal quemando piedra caliza en un horno, pero aunque este tipo de piedra era muy abundante en los alrededores de Roma, al igual que la pozzolana, variaba muchísimo la calidad según los lugares donde se encontrara. Al final, la experiencia obtenida por varias generaciones de canteros romanos en combinar estos dos materiales tan variables para conseguir una argamasa de primera calidad, sirvió de ayuda a las generaciones posteriores para conseguir edificaciones igualmente duraderas cuando tuvieron que trabajar con los materiales casi desconocidos que se encontraban en los territorios más alejados de Roma.



EL HORMIGÓN:
Una vez que se descubrió la argamasa, se hizo posible también la fabricación de hormigón. Aunque la realidad es que el hormigón de los romanos no se inventó de un día para otro, sino que se fue desarrollando poco a poco, a partir de la práctica de construir muros con una masa central de escombros. Los constructores descubrieron que si a ese relleno de escombros le añadían argamasa de buena calidad, la pared resultaba mucho más fuerte, y así gradualmente este proceso se fue haciendo sistemático, y a la vez se fue controlando cuidadosamente para asegurar que se pudiera lograr siempre el mismo nivel de calidad.
Había un método de construcción casi universal: sobre una capa de piedras pequeñas, de unos treinta a sesenta centímetros de altura, se ponía una capa de argamasa, que se apisonaba suavemente para que se metiera por entre las piedras; luego se ponía otra capa de piedras, seguida por otra capa de argamasa, y así sucesivamente hasta lograr una pared de hormigón. Sin embargo, cuando este hormigón se colocaba entre dos fachadas de ladrillo o de piedra, el apisonado podía hacer que las paredes se derrumbaran, por lo que en algunas de ellas el hormigón se ponía antes de hacer las fachadas, y éstas se sustituían por dos paredes temporales de madera, lo que llamamos encofrado.

Una pared de hormigón construyéndose en un encofrado de madera, que no se retirará hasta que cuaje el hormigón


 

En cuanto a las fachadas permanentes, ya sean de piedra o de ladrillo, las hay muy variadas, y también muy interesantes. Cuando se utilizaban los grandes bloques cuadrados de piedra opus quadratum, la pared parecía estar construida de roca sólida, aunque eran más frecuentes las fachadas en forma de opus incertum y opus reticulatum, el opus testaceum era muy poco utilizada.
 





                                                               

opus quadratum 
 opus reticulatum 
 opus incertum

LAS TEJAS Y LOS LADRILLOS:

En las zonas en que había buena arcilla y el sol calentaba lo suficiente, las primeras civilizaciones aprendieron a hacer ladrillos de barro cocido al sol. En cuanto a las tejas, las llamadas tegulae, se fabricaban también con arcilla pero, como se trata de una material que cuando está cocido al sol se deshace fácilmente con la lluvia, tuvieron que encontrar otro método de fabricación, y descubrieron que cociéndolas en un horno duraban mucho más. Así fue como dio comienzo realmente la historia de los ladrillos romanos.
La antigua Roma era una ciudad muy poblada y de callejuelas estrechas, en donde la mayor parte de la gente vivía en edificios altos de apartamentos, las llamadas insulae (islas). Pero estos edificios, como muchas veces eran demasiado altos para que los sostuvieran sus muros, solían venirse abajo con bastante frecuencia, y como se calentaban por dentro con braseros y además estaban construidos muy cerca unos de otros, no era raro que se destruyeran en incendios a gran escala. Y como, además, los grandiosos planes de construcción de edificios públicos exigía a veces la demolición de unos cuantos bloques, al final, toda esta destrucción proporcionaba a los romanos un suministro continuo de escombros. Los que procedían de las paredes y los suelos no servían para casi nada, pero las tejas cocidas al horno, que los romanos ya habían perfeccionado, solían recuperarse intactas, o como mucho rotas en dos o tres pedazos.
Cuando se les rompían los rebordes curvados, estas tejas se convertían en un material de construcción muy apreciado, lo cual dio lugar al nacimiento del ladrillo romano. Incluso después, cuando ya los ladrillos se fabricaban expresamente cociéndolos al horno, seguían manteniendo más o menos las mismas proporciones de las tejas originales.
Pero los romanos no solían construir nunca sus edificios sólo con ladrillos. Éstos cumplían dos funciones principales: servir de fachada para la pared central de hormigón, y formar hileras de refuerzo que se incluían de vez en cuando y que recorrían la pared a todo lo largo de la construcción.
Los ladrillos más grandes se llamaban bipedales , medían unos sesenta centímetros de lado y unos siete de espesor. Cada uno de estos ladrillos se colocaba sobre la pared, ocupando todo el ancho de la misma, que medía como los bipedales, unos sesenta centímetros. Cada hilera recorría la pared a todo lo largo, y servía para reforzarla.
Los bipedales llevan muchas veces grabado el nombre del taller que los fabricó, y a veces incluso el del hombre que hizo cada ladrillo en particular. También hay algunos de ellos en los que aparece la fecha de fabricación, a la manera romana, poniendo el nombre de los cónsules, o los magistrados locales, elegidos para ese año.
Con las piedras de canteras también se usaban estas marcas o firmas del fabricante.


LOS ACUEDUCTOS:

Introducción
Para los romanos, que buscaban la monumentalidad de sus construcciones, una señal de su poder y voluntad, fue el acueducto su mayor logro.
Se imponen al que los ve, por sus tres dimensiones: altura fuera de la escala humana, longitud que llega a ser verdaderamente colosal en alineaciones de kilómetros y que además se alarga indefinidamente por la vibración monótona de sus arcadas y por su espesor que llega a dar esbeltez de verdadero alarde, como ocurre, por ejemplo, en Segovia.
Los asentamientos humanos debían estar siempre situados cerca de una fuente de agua limpia, ya sea un río o un manantial.
Mientras Roma no fue más que un pequeño estado dentro del Lacio, su fuente fue el río Tíber, pero a finales del siglo IV a.C., cuando los romanos luchaban en la Segunda Guerra Samnita, se encontraron con que necesitaban urgentemente un suministro alternativo. Quizá esto se debiera a que el agua del Tíber ya no era suficiente para una población cada vez más grande, o quizá a que existía el peligro de que el enemigo envenenara su única fuente, pero lo cierto es que a consecuencia de ello, en el año 312 a.C., los romanos empezaron a construir su primer acueducto, el Aqua Appia.

Descripción
El primer paso en la construcción del acueducto es encontrar la ubicación de la fuente de donde se tomaría el agua. No siempre se disponía de una fuente, para asegurar agua fresca y saludable. Muchas veces era necesaria una minuciosa labor de búsqueda hasta dar con ella. Vitrubio, en su Libro VIII, indicaba la metodología que debía seguirse, basada sobre todo en la observación directa de la naturaleza: la vegetación, el terreno, su configuración y el grado de humedad.
Por otro lado se presentaba el problema de como realizar la captación. Para ello decidían desviar parte del curso del río, a través de un canal impermeabilizado con opus signinum (Vitrubio lo designa así: una mezcla formada por un mortero de cal, arena y fragmentos pequeños de roca silícea que se apisonaba para compactarlo) y aprovechar la pendiente del terreno para conseguir la inclinación necesaria para la conducción del agua hacia una represa o lago artificial. De esta manera se mantenía una reserva de agua para el verano. Además, estas represas ayudaban a decantar el agua por sedimentación y normalizaban la distribución.
La conducción del agua desde la represa admitía diversas soluciones. Vitrubio había estipulado tres posibles maneras: por canal cubierto de mampostería, por tubería de plomo o por tubería de cerámica. Las tuberías de cerámica ya eran conocidas en Egipto y resultaban las más económicas; para construirlas utilizaban unas láminas de unos tres metros de largo que luego enrollaban en cilindros de madera y unían soldando los bloques.
L a propia palabra romana aquaeductus (conducto de agua) indica claramente qué es un acueducto. No se trata de un puente que lleva agua, sino de un canal hecho por el hombre con el cual se transporta el agua. Los romanos preferían que el agua fluyera cuesta abajo, a favor de la gravedad, pues así no hacía falta aplicarle presión para que corriera pero si esto no era posible o viable, el ingenio romano encontraba una solución. Dicha solución consistía en la construcción de los llamados sifones. Los sifones funcionan a la manera de los vasos comunicantes, y están compuestos por tres elementos: un tubo descendente, uno horizontal y uno ascendente. Tal y como se puede apreciar en el esquema que hay a pie de texto, el tubo descendente ha de tener mayor diámetro que los otros dos para que el agua adquiera la presión suficiente y, una vez atravesado el tubo horizontal -que evita el cambio violento de dirección-, ascienda y continúe su camino. Este sistema se realizaba mediante dos tipos de tubería: con tubos de cerámica unidos con mortero, cuando había poca altura y por tanto la presión no era grande, o con tubos de plomo, cuando la presión era mayor.

Sifón Romano:


                                                                             Imagen tomada de la web fluidos.eia.edu.co.

El corazón de un acueducto de piedra es el llamado specus , el canal en sí, que tenía más o menos el tamaño de una puerta en una casa moderna. Las paredes, el suelo y el tejado estaban hechos siempre de piedra, ya se construyera bajo tierra, o ras del suelo por encima de éste, aunque algunos posteriores están construidos con hormigón y hay otros incluso excavados en roca sólida. Los canales se construían con el sistema de fábrica de sillería opus quadratum, considerado el más importante en la arquitectura romana, o en mampostería opus incertum, es decir piedras irregulares sujetas con mortero y hormigón.
El canal estaba cubierto con un arco por arriba, para proteger el agua del sol, aunque había también otro motivo para mantenerlo cubierto en la primitiva Roma: un tejado de piedra hacía más difícil al enemigo cortar el agua o envenenarla. Por esta razón los acueductos más antiguos no eran altos, y además siempre que fuera posible se hacían subterráneos.
Los tejados se dividían en tres tipos principales: uno formado por una piedra plana o dintel plano, otro compuesto por dos piedras iguales apoyadas una contra otra, formando un arco apuntado, y el tercero que era el arco de medio punto.

Cuando el acueducto se edificaba en un suelo corriente o de grava solía construirse en una trinchera. Por el contrario, en las zonas donde había roca cerca de la superficie, el specus se excavaba directamente en ella, a menos que la ruta trazada exigiera una trinchera demasiado profunda, en cuyo caso era a menudo más sencillo hacer un túnel completo en piedra.
Si había que cruzar un valle en línea recta, entonces se construía una muralla o un puente sobre el que se transportaba el canal. No obstante, los primeros constructores no se atrevían a llevar a cabo obras semejantes y preferían construir sus acueductos bordeando todo el valle si era preciso.

Trazando la ruta:
En primer lugar, el librator (topógrafo) trazaba una ruta aproximada, siguiendo una suave pendiente no muy pronunciada entre la fuente y la ciudad. Al hacerlo, marcaba la ruta con estacas de madera, para a continuación calcular qué diferencia de altitud había exactamente entre el punto de partida y el de llegada. Antes de que los obreros comenzaran a trabajar en cualquier sección del acueducto, el librator tenía que calcular la caída total y establecer la altura de cada extremo de la sección.
El instrumento de nivelación de los topógrafos romanos, la dioptra (en la imagen tomada de Wikipedia) , no podía medir grandes distancias, por lo que, para poder llevar a cabo sus cálculos, el topógrafo tenía que detenerse a medir varios cientos de veces a lo largo de la distancia total, marcando cada diferencia de nivel en su tablilla de cera, para luego sumarlas todas, obteniendo así la diferencia total de altitud entre la fuente y la ciudad. Entonces, una vez medida la longitud total aproximada del acueducto, y la diferencia de altitud, podía calcular la caída total, y empezar a trabajar para trazar la ruta definitiva.


Cuando por fin, después de semanas de trabajo agotador, se había establecido el trazado correcto, se colocaban grandes estacas de madera a intervalos regulares a ambos lados del camino del acueducto, que reemplazaban a las que habían puesto para marcar la ruta provisional.
La construcción del acueducto:

La construcción del acueducto era una obra de gran complejidad debido a las múltiples tareas que tenían que efectuarse. Su organización dependía directamente del emperador, quien ostentaba el título de curator viarum. El personal que intervenía en la obra estaba constituido por el curator aquarum, el ingeniero militar, el ingeniero civil ( estos dos últimos solían ser la misma persona fabri), el topógrafo, los artesanos, como los picapedreros o canteros y los carpinteros, que trabajaban bajo la dirección del praefectus fabri, y por último los esclavos, encargados de realizar todo tipo de faenas, sobre todo las más pesadas.
El trabajo empezaba simultáneamente en distintos puntos del acueducto. Se instalaban campamentos, donde los obreros y operarios vivían mientras durase la obra, cada campamento tenía su propia organización, según las funciones que los hombres debían realizar.. A lo largo de toda la ruta varias cuadrillas de hombres se dedicaban a construir calzadas provisionales por las que transportarían las carretas y los animales de carga la piedra a lo largo del camino trazado entre la fuente del río y la ciudad, a retirar la capa superior del suelo, a nivelar los salientes y rellenar los hoyos, y al mismo tiempo, y para ahorrar tiempo y trabajo, se abrieron varias canteras. La piedra empleada en la construcción no se transportaba más allá de lo estrictamente necesario.

Construcción de un túnel. Cavaban varios agujeros hasta la profundidad deseada e iniciaban la excavación de la galería. Estos agujeros se mantenían una vez finalizada la obra para asegurar la aireación cuando se realizaban las tareas de mantenimiento.
 
Para la mayor parte de las cuadrillas el trabajo preliminar consistía simplemente en excavar una trinchera en terreno blando, asegurando temporalmente las paredes con puntales de madera, una precaución que no era necesaria cuando el canal se excavaba en roca sólida. Sin embargo, los grupos con peor suerte se encontraban con que tenían que excavar toda su zanja en un terreno de roca sólida, aunque los más desafortunados de todos eran aquellos a los que les tocaba cavar túneles. Estos tenín que empezar a abrir un puteus , es decir, un pozo, cada setenta y un metros, más o menos, y luego, con el espacio justo para un hombre, tenían que ir excavando hacia delante, pasando hacia atrás con unas cestas la piedra que iban quitando para que la arrastraran fuera del pozo. Al mismo tiempo, otros hombres iban trayendo la piedra, que se había cortado en la cantera. Luego, una vez colocados, los canteros tallaban cada bloque cuidadosamente de forma adecuada ya que debían encajar perfectamente sin necesidad de argamasa, aunque luego sí se recubrieran con argamasa las piedras del canal, para impedir las filtraciones.


Trabajo realizado en un puteus
Mientras tanto, los libratores iban comprobando los progresos en todos los puntos de la obra. Una vez que el canal tenía ya su forma aproximada, entonces se bajaba un chorobates a la trinchera para comprobar que ésta mantenía la pendiente. Pero como este instrumento era demasiado grande para bajarlo por los pozos, en los tramos de túnel se utilizaba agua para medir el nivel.



                 Chorobate romano: con las pesas y el canal de agua en el centro de la mesa para comprobar la pendiente.

Muchas veces, los ingenieros decidían utilizar la técnica de sentada en seco, también llamada aparejo a hueso, en la construcción de las arcadas de los acueductos; es decir, utilizaban la piedra limpia sin ningún tipo de argamasa. Esto implicaba un trabajo depurado en cada uno de los sillares, cuyas juntas debían acoplarse perfectamente para poder ejercer la presión necesaria que permitiese ir levantando la obra sin más elemento de unión que la propia presión de un sillar contra otro. Esta técnica resulta particularmente interesante en la construcción de los arcos, donde cada una de las dovelas es imprescindible para el conjunto general del puente. Si se quitase sólo una de ellas, se podría generar un desmoronamiento progresivo de los restantes arcos, con lo que se destruiría totalmente el puente que sostiene al acueducto.
Para construir las represas se utilizaban bloques de piedra de longitud variable y de unos cincuenta centímetros de ancho. Los bloques de la coronación se unían con una especie de grapas de hierro, lo que les daba una mayor resistencia a la presión o empuje del agua. Además de funcionar como depósito, estas represas servían a veces como depuradoras o decantadoras, y un acueducto podía llegar a contar con varias de ellas a lo largo de su recorrido.
Una vez colocados los bloques de piedra con sumo cuidado, se tapaba con tierra todo el specus, y después se apisonaba bien el terreno y se extiendía la tierra sobrante para que una vez que creciera la vegetación nadie pudiera notar por dónde transcurría el canal. Durante el Imperio, cuando ya no había guerras en Italia y no hacía falta mantener en secreto las rutas de los acueductos, éstos se solían marcar con mojones de piedra, los llamados cippi , que eran particularmente útiles para localizar puntos determinados del canal. Gracias a ellos, si se producía por ejemplo alguna filtración que había que repara, se podía señalar el lugar de la fuga dando como referencia el cippus más cercano.

Una vez terminado el acueducto, daba comienzo su larga vida. A partir de entonces haría falta inspeccionarlo y mantenerlo en buen uso y repararlo o mejorarlo con el tiempo.
Al llegar el agua a la ciudad, ésta se recogía en un depósito. Este depósito solía tener externamente un aspecto monumental, y se los conocía como castillos de agua , a pesar de que la mayoría de ellos estaban enterrados y era imposible admirarlos. Estos depósitos estaban hechos y decorados con gran magnificencia, aunque, dependiendo también de la ciudad, eran más modestos. En el interior de este castillo se realizaba la distribución del agua en tres canales: el de las fuentes públicas, el de las termas y el de uso privado.


LAS CALZADAS:
El crecimiento sostenido del sistema romano de calzadas o vías hasta llegar al máximo de 90.000 kilómetros construidas se desarrolló siguiendo un esquema lógico. En principio, todas las calzadas principales se construyeron por y para el ejército, por lo que muchas de ellas se adentraban más allá del dominio romano, hasta los territorios hostiles del otro lado de la frontera. Pero al mismo tiempo, la construcción de calzadas y la sustitución de los viejos senderos mejoró las comunicaciones dentro del mundo romano tanto para el ejército como para el gobierno y, andando el tiempo, también para el comercio y la población en general.
La más famosa es probablemente la primera, la Via Appia, que se construyó en el 312 a.C., una calzada que conectaba Roma con Capua.




                         La Via Appia considerada como "la reina de las calzadas"


El trazado de la ruta
Las calzadas romanas son particularmente famosas por la rectitud de su trazado, pero no se deben imaginar como líneas pintadas en un mapa. En primer lugar, los romanos no disponían ni de mapas fiables a escala ni de brújulas, y sus instrumentos de topografía eran mucho menos exactos que los actuales, que dependen de lentes ópticas. No obstante los oficiales del ejército tenían un sentido especial para captar la geografía de las zonas en las que se movían.
Las calzadas seguían siempre rutas lo más directas posibles, y corrían prácticamente en línea recta durante distancias considerables. Ahora, cómo se las arreglaban los topógrafos para trazar esa línea recta, es un auténtico misterio. Resulta relativamente fácil unir dos lugares que se ven a campo abierto, a través de una llanura, incluso aunque no tengas mapa; sin embargo, es mucho más difícil trazar una línea recta en un terreno montañoso o de bosques entre dos puntos que no se ven uno a otro, o bien, en cualquier tipo de terreno, entre dos lugares muy distantes.
Por lo tanto, aunque no existe prueba de ello, resulta bastante obvio que el trazado de la ruta incluía dos tareas diferentes.
- La primera de ellas consistía en establecer la ruta a seguir. Es probable que para ello se utilizara una línea de señales luminosas, quizá por la noche, aunque es más probable que se hiciera al amanecer o a la puesta del sol. Desde cada una de estas señales se veían la anterior y la siguiente, y mediante un difícil proceso de ajuste, se iban moviendo hasta formar una línea recta que se convertía en el trazado provisional.
- La segunda tarea consistía en transformar esta línea ideal en una ruta práctica, ya sobre el terreno. Cuando éste, entre dos señales, no presentaba grandes obstáculos, entonces se trataba sencillamente de seguir esa misma ruta provisional, marcada con estacas o piedras a intervalos regulares. Sin embargo, si en algún punto se encontraba un río ancho o un terreno especialmente difícil, entonces se variaba la línea para dar con una ruta más sencilla.
Como es natural, las señales luminosas se colocarían en puntos elevados, y por eso es aquí donde con frecuencia podemos encontrar leves cambios de dirección.
La groma. El topógrafo la plantaba firmemente en el suelo, comprobaba que estuviera perfectamente horizontal por medio de las pesas de plomo, y luego miraba a lo largo de los brazos para trazar una línea recta o un ángulo recto.


La estructura
Las primeras calzadas, que eran algo así como murallas tumbadas sobre el suelo, se hacían con bloques de piedra lo bastante grandes como para que permanecieran en su lugar por su propio peso. En cuanto a las calzadas posteriores, las hay muy diversas, aunque de vez en cuando se encuentran algunas muy parecidas en puntos muy diferentes del Imperio.
Según Vitruvio, un ingeniero militar romano, una calzada ideal tenía que constar de cuatro capas, statum, rudus, nucleus y pavimentum , aunque en este campo, al igual que en los demás, el genio de los romanos consistía en su capacidad de adaptarse a sus necesidades y a los recursos de cada región.


La fuerza de la calzada residía en sus cimientos, el statumen. Cada subsuelo requería un tipo diferente de cimientos: por ejemplo, los suelos duros del norte de África necesitaban muy pocos, y los terrenos rocoso de los pasos alpinos no necesitaban cimientos en absoluto; sin embargo, en los suelos blandos de la mayor parte de Europa era esencial contar con unos cimientos sólidos que evitaran que el peso del tráfico terminara por destruir la calzada. Normalmente bastaba con ir colocando piedra desmenuzada, dispuesta en capas, aunque en los terrenos pantanosos había que poner a cada lado una hilera de troncos que la sujetara en su sitio, y en los suelos de las ciénagas, había que construir la calzada entera sobre una plataforma de troncos y maleza.
A excepción de las zonas en las que la calzada necesitaba una cimentación especial, como por ejemplo en las ciénagas, era esencial que el agua de la lluvia permaneciera sobre la calzada el menor tiempo posible, ya que tanto la superficie como los cimientos se estropearían si el agua se filtraba hasta el suelo por debajo de la calzada. A causa de esto, todas las calzadas romanas estaban un poco combadas o ladeadas, para que el agua escurriera y no se quedara en la superficie. Luego, fuera ya de la calzada, se excavaba el terreno para que formara una pendiente a cada lado, que terminaba en una zanja ( fossa ) a unos dos o tres metros de distancia, en un suelo que se había dejado sin vegetación.

Superficies de gran calidad
El pavimento, o la summa crusta , tenía que ser a la vez duro y uniforme; la dureza dependía de la calidad de la piedra utilizada, la uniformidad de la habilidad de los constructores. En algunas calzadas, como por ejemplo en la Via Appia, la superficie estaba formada por losas bien pulidas y colocadas cuidadosamente sobre un núcleo de arena y cal. Estas grandes losas no eran como los adoquines que utilizamos nosotros para pavimentar sino que, al igual que las piedras exteriores de las murallas romanas, tenían una forma puntiaguda por abajo, para que se agarraran con más firmeza al núcleo. Sin embargo, era más frecuente que la superficie estuviera compuesta de grava que se apisonaba con piedras muy grandes o con troncos de madera tirados por hombres o animales y que se hacían rodar sobre la calzada para conseguir una superficie compacta y uniforme.
Construcción de una calzada. Las fosas se cavan bastante por delante de la calzada para quitar el agua del terreno en el que hay que trabajar; el topógrafo marcha también a la cabeza, para que se vayan retirando las rocas y la vegetación de acuerdo con la ruta definitiva.

La curvatura de la calzada servía como primera defensa contra el agua, y el excelente pavimentado de la superficie no dejaba ninguna grieta por donde se filtrara la lluvia, además de proporcionar la uniformidad necesaria para circular por ella. La superficie de las calzadas de grava estaba hecha necesariamente con una mezcla especial de materiales finos y gruesos para que formaran una capa dura al apretarlos.


Los ingenieros romanos eran muy meticulosos, un ejemplo más de ello se puede observar en esta calle de Pompeya, un ingenioso sistema de bloques sobresalientes en el pavimento permitía a los peatones cruzar las calles cuando llovía mucho, sin impedir la circulación de los carros.


Medidas de la carretera
Las vías tenían nombre del político que las creaba o bien del lugar como la vía Salaria de Hostia a Roma y el biógrafo Plutarco, al escribir sobre Cayo Graco, un político que vivió en el siglo II a.C., nos cuenta que fue él quien introdujo la legislación acerca de la construcción de calzadas, y que además se encargaba de supervisar personalmente dicha construcción. También dice que se encargó de que todas las calzadas estuvieran medidas en millas y marcadas con miliarios.
El hito militar estaba constituído por una columna de piedra, de 3 a 6 metros de altura y de 0,50 a 0,80 de diámetro. En general cada monumento llevaba las indicaciones siguientes, más o menos por este orden: nombre del emperador que había abierto o hecho abrir la vía o bien se había cuidado de su conservación a no ser que se tratara de una dedicatoria cortesana; el número de años en ejercicio del pretor o del cónsul local; la letra M (milla) o L (lugar), seguida de una cifra que indicaba la distancia; y a veces, como complemento, la letra P (paso o passus), acompañada de una última cifra.


Un miliario romano que se alzaba junto a la Via Appia, a 19 kilómetros y medio de Roma.

La indicación de las distancias era muy variable, ya que podía referirse al cruce con otra vía. Cuando se trataba de la cercanía de una ciudad, las millas se contaban desde las últimas casas que la limitaban. Finalmente, las cifras podían indicar la distancia de la frontera más próxima. A veces, estas indicaciones se multiplicaban sobre el hito, para referirse a varias ciudades o vías adyacentes.
La milla romana medía 1.481 metros y constaba de 1.000 pasos de 1,48 metros, pero los romanos conservaban a veces las medidas locales, como la legua gala de 2.222 metros; en tal caso, el hito se denominaba legario.



Un carro con un hodómetro acoplado. Este instrumento hacía caer un guijarro en un cuenco de metal a cada milla. El carro se fabricaba con ruedas especiales, de cuatro pies romanos (1,2 m) de diámetro, y doce y medio (3,7 m) de circunferencia. Así, 400 vueltas de las ruedas hacían una milla romana.

En las carreteras importantes se colocaban entre las piedras miliares tabellarii, piedras selladas en el margen de las aceras y que, sin inscripción, señalaban la décima parte de una milla o estadio; así ofrecían una perfecta similitud con nuestros mojones hectométricos. Frecuentemente se han confundido con apeaderos, y hoy no existen prácticamente.
En encrucijadas importantes se colocaban algunas piedras miliares de sección hexagonal, como la que figura en Tongres (Bélgica), y que indica el camino que se ha de emprender para llegar a las ciudades próximas, cuyas distancias se indican. Finalmente, en algunas grandes ciudades, hacia el forum, se fijaban tablillas de piedra o de mármol, que llevaban grabado el nombre de las ciudades limítrofes, con su distancia respectiva.




LOS PUENTES

Los puentes son un factor muy importante tanto a la hora de construir una calzada como a la de edificar un acueducto. Aunque los romanos no fueron los primeros que construyeron puentes, al igual que tampoco fueron los primeros en tener acueductos o calzadas, no se puede negar que sus obras son realmente únicas, tanto por su calidad como por su tamaño. Uno de sus mayores logros fue el puente en arco, con el que prácticamente alcanzaron la perfección. Y aun en épocas posteriores, cuando los puentes de piedra ya eran corrientes en todo el Imperio, se siguieron construyendo puentes de madera.

Los arcos de piedra:
Ya antes de los romanos, los etruscos habían construido unos arcos rudimentarios pero eficaces en el territorio de Italia, y ahora los romanos iban a desarrollar esa técnica hasta unos niveles insuperables. Hoy día podemos reconstruir en unos cuantos bocetos de cuatro sencillos experimentos la experiencia adquirida por los romanos en varios cientos de años. Uno de los rasgos esenciales de cualquier arco es la estructura temporal de madera, lo que se llama centrado, que debe permanecer colocoda en su posición hasta que el arco esté listo.
Estos experimentos ponen al descubierto tres de los cuatro requisitos esenciales del arco romano: los contrafuertes o estribos de los lados, el centrado exacto, y el perfecto ajuste de las dovelas (piedras en forma de cuña que componen el arco). Pero, como es natural, el arco necesitaba además unos cimientos sólidos, pues si se construía; en un terreno blando acabaría por empujar incluso a los estribos más fuertes. Por tanto, había que tener mucho cuidado a la hora de construir dichos cimientos, ya que muchos de los puentes romanos servían para llevar una calzada por encima de un río, y las orillas de los ríos no resultan un terreno adecuado para edificar.

El peso de la pared empuja a las piedras hacia abajo. Se puede hacer un agujero quitando varios bloques de forma que los demás sigan sosteniéndose unos a otros y desviando el peso hacia afuera y hacia abajo, hacia el suelo.


Luego se puede hacer ese agujero más regular, encajando bloques en forma de cuña (dovelas) para que se sujeten unos a otros en lo alto del hueco, con lo que se crea un arco de medio punto bastante rudimentario. Hasta que las dovelas estén colocadas, hará falta sujetarlas con una estructura de madera (cimbra o centrado), que se retirará una vez puestas todas en su lugar.

Si las dovelas están bien cortadas, el arco será resistente, por lo que el hueco se podrá hacer más grande. Sin embargo, si los laterales son demasiado delgados o ligeros, acabarán por desencajarse, y la estructura entera se derrumbará.




La construcción de los cimientos
Cuando se proyectaba una calzada el censor a veces tenía que cambiar su proyecto para ajustarse a las necesidades de los ingenieros, y se podía justificar un rodeo si con ello se conseguía un lugar más estrecho por donde cruzar o un terreno más firme; el ingeniero daba instrucciones a su topógrafo para que midiera la anchura del río en varios puntos, y hacía que los obreros cavaran varios hoyos de prueba para ver cómo era el subsuelo.
Luego, una vez que se había elegido el lugar y se había marcado dónde irían los contrafuertes, se podía empezar a trabajar en los cimientos. El problema principal era, por supuesto, el agua: en cuanto los obreros empezaban a excavar para colocar un contrafuerte, el agua se metía en el agujero, y en el caso de los estribos el problema era aún mayor, pues los cimientos quedaban por debajo del lecho del río. No obstante, estos dos problemas podían resolverse con una ataguía, una especie de recinto hermético construido con troncos y un poco más grande que los propios cimientos, con la parte inferior clavada firmemente en el suelo y la parte superior abierta. Se construía alrededor de la zona que había que excavar, y en su interior se colocaban unas bombas que echaban afuera todo el agua dejando el lugar completamente seco.


El tornillo de Arquímedes. Al girar el mango, la gran espiral de madera de su interior lleva el agua desde el nivel inferior hasta el superior.

Pero ni siquiera cuando el interior de la ataguía estaba ya seco terminaban los problemas de los ingenieros. Si daban con una base sólida, podían limitarse a rellenar el recinto con hormigón, pero si no, según afirma Vitruvio, debían procurarse ellos mismos esa base: " Si no se encuentra una base sólida para los cimientos, entonces hay que prensar bien, con ayuda de máquinas, un gran montón de olivo, aliso o roble carbonizado, y rellenar el espacio entre los troncos con carbón vegetal."
Los primeros puentes de piedra se construyeron con enormes bloques, tallados con toda exactitud y unidos sin argamasa. No cabe duda de que debía ser muy difícil manejar estos bloques desde una balsa, por lo que siempre que fuera posible se procuraba edificar un puente estrecho de un solo arco, y evitar así las dificultades de construir estribos en medio de la corriente. No obstante, con el tiempo este problema se fue haciendo cada vez menos importante, porque la invención de la argamasa provocó un cambio en los métodos de construcción, ya que con ella la fuerza de la obra terminada dependía menos del peso de los bloques individuales que del poder de unión de la argamasa, lo que permitía el uso de piedras mucho más pequeñas.



El Puente Juliano, típico puente romano edificado en grandes bloques de piedra sin argamasa, posee un perfil de una exquisita elegancia, con un gran arco central y dos simétricos, uno a cada lado. Dos vanos se abren en los pilares para aligerar la estructura. La calzada tan sólo tiene una ligera curvatura.


Comienza la edificación
Para empezar, en todos ellos aparece algún saliente, ya sea una piedra aislada o toda una cornisa. Estas repisas tenían dos funciones principales: servir de base a los andamios y ayudar al centrado del arco. Rara vez se retiraban estas repisas una vez terminado el puente pues, al fin y al cabo, siempre podían resultar útiles para inspeccionar la estructura y repararla. Los tipos de andamios utilizados por los romanos eran muy variados, y constituyen otra muestra de su ingenio constructivo. Para realizar tal variedad de andamios, así como para levantar las cimbras que permitían construir los arcos y bóvedas, los carpinteros romanos desarrollaron una gran habilidad técnica y una gran capacidad de invención en la ejecución de ensamblajes.

Sobre las piedras salientes se podían construir los andamios, y así no hacía falta sostenerlos desde el suelo con soportes verticales.
Los canteros construían los estribos justo hasta el nivel de las impostas, y al llegar allí los carpinteros les tomaban el relevo para empezar con el centrado, la gran estrutura de madera, apoyada sobre las repisas más altas, que tenía que sostener las dovelas hasta que la última estuviera en su sitio. El semicírculo de tablas añadido a la parte exterior de la estructura tenía que tener exactamente la misma forma que el intradós (la parte interna) del arco. Cada una de las tablas que componían el centrado tenía que estar cortada a la medida exacta, y firmemente asegurada en su lugar con clavos de hierro, pues todas juntas habrían de soportar el peso de muchas toneladas de piedra. Lo más probable es que construyeran primero la estructura en el suelo, antes de colocarla, para estar bien seguros de que era correcta, y que luego la deshicieran para volver a construirla en lo alto del puente.
Los ingenieros romanos daban un nombre específico a cada parte del arco.
Una vez puesto en su lugar, el centrado no quedaba directamente encima de la repisa, sino sobre varios pares de cuñas de ensamble que permitían al ingeniero, una vez completada la curva del arco, transferir el peso de la piedra al propio arco quitando las cuñas, y dejando así que el centrado entero se desplomara.
Subir las pesadas dovelas hasta esa altura no debía ser nada fácil. Se usaban muchos tipos de grúas, aunque conocemos una en particular, pues aparece dibujada en un grabado funerario. En ella, se ve como un grupo de esclavos hacen girar una gran rueda; en este caso no se podían utilizar mulas, pues había que controlar con toda exactitud el momento de comenzar y de detenerse.
Relieve realizado hacia el año 100 d.C., descubierto en una tumba cerca de la Porta Maggiore, en Roma, y que muestra la construcción de un templo.

Una vez puesta la última dovela en su lugar, llega el ansiado momento de dar la orden de retirar el centrado. Todos están en tensión: ¿se mantendrá en pie el arco, o se derrumbará? La respuesta depende exclusivamente de la perfección con que hayan ejecutado su trabajo los canteros. Se retiran las cuñas, el cantrado cae un poco, ¡y el gran arco va formando suavemente la graciosa curva que mantendrá durante muchos siglos!.
CIMBRA : Armazón de madera que permite sostener un arco hasta que éste pueda sostenerse por sí mismo.

Sin embargo, el centrado no se retirará del todo hasta que la construcción esté completamente terminada. Aún hay que construir las enjutas y rellanar la curva del extradós entre ellas con escombros u hormigón. Una vez hecho esto, el arco ya está terminado, y los obreros pueden subir a él para terminar el puente: levantar los parapetos, añadir las albardillas y los adornos y terminar la superficie de la calzada.
El mejor puente de todo el mundo romano está precisamente aquí, en España, y es el que cruza el río Tajo en Alcántara, en Extremadura. En su construcción no se empleó argamasa, y consta de seis grandes arcos que cruzan el río a una altura de casi cincuenta metros, mientras que el puente en sí mide casi doscientos metros de longitud.
Mide 48 metros de altura desde el borde del río hasta la carretera. Cualquiera diría que es excesivo; pero cuando se ve el río en plena crecida me gustaría saber si un puente actual dura 100 años.

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